Fotografía: Catalina Muencke

Conversamos con la destacada periodista y escritora, Patricia Stambuk, quien es miembro de número de la academia chilena de la lengua, convirtiéndose así, en la primera periodista en ocupar ese cargo en más de 135 años de existencia de la corporación. A través de esta entrevista podremos conocer sus proyectos, el rol que debería tener el periodismo contemporáneo y los lazos que ha generado a través de las memorias de pueblos originarios. “Siempre tuve esa pasión con el tema de la identidad”, señaló.

¿Por qué considera que la entrevista que le hizo a Rosa Yagan es la más importante de su vida?

Por el compromiso emocional; por el hallazgo de una representación humana de algo que era tan importante para mí para generar cultura acerca de los pueblos antiguos; porque no había una versión directa excepto una muy antigua de un cacique mapuche, pero no existían voces directamente expresadas a través de un diálogo en el que uno no interfiriera, sino que recogiera y permitiera que esa voz del indígena llegara a la comunidad. Ese libro causó impacto por eso. Es el segundo en la historiografía chilena, pero no es solo por el impacto, sino por la relación que tuve con ella. Desarrollé una amistad y para mí fue muy conmovedor ir a visitarla la primera vez al hospital; conocerla y poco a poco generar su confianza. Creo que no fue tan poco a poco, es algo que tenemos los periodistas que de alguna manera se nos da la comunicación y eso ocurrió. Para mí fue toda la vida un miembro de mi familia; la lloré cuando murió, la recuerdo hasta ahora con mucho cariño y con pena, porque es un pariente ido,para mí.

¿Qué podríamos aprender hoy de Rosa Yagan?

El silencio. Fíjate que no era una persona que hablara mucho, de hecho, lo extraordinario es que ella hablara. Muchas personas me decían que Rosa ni conversaba, que apenas decía unas frases, pero cuando consideró que era importante hacerlo, cuando ella se sintió acogida, entendida, comprendida y querida por una persona tan distinta a su etnia, habló. Podemos aprender su espíritu de observación. Ella tenía un juicio crítico con todo. Tenía un juicio crítico con sus hermanos de pueblo, con sus familias, entre otros, pero era reservada y prudente. Esa sabiduría tan propia y no adquirida es admirable.

Al leer el libro que está en su novena edición, se puede percibir lo crítica que era ella hasta con sus propias tradiciones…

Sí, y además era alegre. Nunca perdió su alegría. Ella, con sagacidad veía a quienes se aproximaban, que no eran de su pueblo, los turistas, y los dejaba consultar, pero sentía la ridiculez de lo que le estaban preguntando:

  • “¿Usted es de aquí?”
  • “Sí, soy de aquí”
  • ¿Le gusta donde vive?
  • Sí.
  • ¿Usted Yagan?
  • Sí.

En el libro sale que ella respondía “sí” pero me comentaba que quería decirles: ¿De dónde creen que soy? ¿de Norteamérica? Entonces es un poco (o mucho) de cómo se trata a los ancianos, como seres inferiores. No hay un diálogo directo,inteligente, sino que hay un diálogo paternalista/maternalista con el indígena; y hoy no es así, pero lo era en ese momento. Fíjate que ese libro tiene casi 40 años. Es una maravilla y no ha dejado de transmitir su voz.

“Ahora en este momento de pandemia tiene su complicación, porque a mí que trabajo con personas generalmente de edad, con trayectoria y experiencias de vida, me gusta el contacto personal y ahora he tenido que hacerlo por Zoom”.

 

Las fotos son preciosas y el relato hacen una maravillosa combinación… 

Hay personas que prefieren la primera edición, cuando tenía muy pocas fotografías. Les dejaba todo a la imaginación. Es cuestión de gustos. Yo fui obteniendo esas imágenes y acopiando material que quise que se incorporara en ediciones posteriores.

¿Las fotos han ido cambiando con el tiempo?

Sí, veo si son un aporte para la obra y las incorporo. Una vez llegó a verme un suizo que  tenía una foto de ella en la que salía con un turbante, con los ojos cerrados, muy dramática, y también la añadí. Él le tomó además otra foto cuando Rosa va con su gallinita bajo el brazo, a venderla al pueblo. ¡Es preciosa esa foto!, se aprecia muy bien cómo era: pequeñita, gruesa, y llevando su gallinita a la base naval. Son testimonios riquísimos para el libro y para su comunidad.

A raíz de lo que me cuenta, ¿cómo ha sido abordar la historia contemporánea de los pueblos originarios?

Es mi pasión, francamente. Pasé un tiempo en que dejé el trabajo de las memorias contemporáneas porque estuve en la universidad, en los medios, porque soy periodista y no siempre uno tiene las facilidades para investigar. Lo retomé con mucha pasión y es lo que más me gusta. Ahora, en este momento de pandemia, tiene su complicación, porque a mí, que trabajo con personas generalmente de edad, con trayectoria y experiencias de vida, me gusta el contacto personal y ahora he tenido que hacerlo por Zoom. Comencé a entrevistar por esa plataforma que no es lo mismo, pero al mismo tiempo me permite proseguir con esta actividad de una modalidad de encuentro con la historia que es la memoria contemporánea a través de sus fuentes primarias.

 Sé que está trabajando en un libro, ¿nos podría hablar sobre eso?

No (risas), no quiero contar nada, pero tiene que ver con el mar, el estrecho de Magallanes y son memorias. Ahí hay una pista. Es algo que se me dio hace cinco años cuando presenté el libro “Ionara & Goodbye” en la Universidad Católica, que es la historia de una base norteamericana en la Isla de Pascua en los años sesenta. Se me acercó ese día una persona y me dijo que quería que conociera a alguien. Yo fui postergando el tema, hice otras cosas, hasta que llegó el momento de hacerlo. Señalé que no iba a exponer a nadie a un contagio ni me quería exponer yo y decidimos hacerlo por Zoom, así que en eso estoy.

Esperamos que cuando esté listo seamos los primeros en saberlo…

Claro que sí. Es que la parte documental para mí es un complemento, pero de todos modos necesito documentar ciertos hechos y hay problemas para acceder a los archivos, hay limitaciones, entonces no he podido avanzar como quisiera, aunque estos trabajos son todos lentos. Todos.

“(…). Lo que más me gusta de la franja es ver esos rostros de nuestros pueblos antiguos que nunca estuvieron representados. Antes veíamos un reportaje, pero no se veía toda esta cadena de pueblos antiguos que son los primeros inmigrantes del territorio”.

¿Cómo ha sido abordar la memoria de tantas mujeres de pueblos originarios?

Te seré sincera y diré que no ha sido algo deliberado en mi vida decir: “tengo que entrevistar a mujeres”. En forma natural las destaqué desde mi primer libro (Violeta Parra), después seguí con Rosa Yagan, con El zarpe final, también con dos mujeres que me hicieron el relato, y siempre han estado presente no solo en  mi trabajo de memorias, sino que también en mi trabajo periodístico de entrevistas en los medios. Hace poco pude recordar, tras el envío que me hizo una persona que estaba investigando la prensa regional, que yo tenía un espacio en La Prensa Austral de Punta Arenas que se llamaba “Mujeres” hace mucho tiempo. Hace décadas que yo quería destacar el trabajo, la presencia, el rol, la fuerza de las mujeres.

Al revisar su Twitter se puede percibir eso…

Sí, destaco a mujeres con las que he trabajado, como Cristina Calderón, que es la última hablante con propiedad del idioma yagán. Es una persona muy cercana a mi corazón, es mi familia. A veces no tiene buena comunicación telefónica en Puerto Williams y tiene que salir de la casa para poder conversar conmigo, pero mientras se puede, hablo con ella o con su hija. Trato de estar siempre presente y atenta a sus necesidades si fuera el caso. Con ella he vivido momentos preciosos, muy recientes.

Al escucharla se percibe la pasión que usted tiene…

Siempre tuve esa pasión con el tema de la identidad. Soy hija de un inmigrante croata. Mi papá llegó a los 16 años a Punta Arenas, venía desde Croacia en barco, con sus cuatro hermanitos, a encontrarse con su papá, porque había muerto su madre. Una tremenda historia que la relaté en mi último libro de cuentos, pero yo sabía que los inmigrantes eran una historia reciente y en el colegio no nos enseñaban del pasado más remoto. No teníamos información y había una gran ignorancia respecto a los grupos étnicos y pueblos australes. Siempre tuve esa inquietud, y esa inquietud fue la que me llevó hasta Rosa. Transmitía tanto sobre el tema por la radio, que un día me llegó la noticia de que había una persona en el hospital de Punta Arenas que yo debía conocer, y era Rosa Yagán.

¿Considera usted que existe una deuda del Estado chileno con los pueblos originarios?

Por supuesto. De hecho, lo que más me gusta de la franja electoral es ver esos rostros de nuestros pueblos antiguos que nunca estuvieron representados así en los medios, más allá de algún reportaje. No se veía toda esta cadena de pueblos antiguos que son los primeros inmigrantes del territorio. Yo lo encuentro maravilloso. Sea como sea el mensaje que pueden dar, porque es extremadamente breve el espacio que tienen. Para mí la diversidad es un concepto maravilloso, tanto en la naturaleza como en las sociedades. No hay nada mejor que la diversidad, no hay nada peor que la uniformidad; que parecernos todos, que hablar todos iguales, que tener todos el mismo rostro. Todos tenemos una forma de sentir distinto. Esos rostros estaban fuera de la comunidad nacional, han ido entrando paulatinamente y considero que este ha sido un tremendo paso.

¿Con el proceso constituyente usted cree que se podrá resolver? 

No sé si resolver, pero ya está contribuyendo con lo que digo. Es aceptar que existen pueblos antiguos, que llegaron mucho antes que los padres, abuelos, bisabuelos de las personas que vivimos en las ciudades. Son primeros habitantes, primeros dueños de la tierra.

Hay tanto que aprender de ellos y de su historia.

Absolutamente, y con muy pocos testimonios directos. Diría que, en ese sentido, sin ninguna falsa modestia, Rosa Yagán generó un camino y ha habido después de ella otros testimonios no tan famosos, no tan resistentes o divulgados, pero igualmente importantes. Lo que hay que hacer es sacar de las bibliotecas, de los centros de investigación, de las academias, esas memorias. Convertirlas en libros, hacer que esa voz de nuestros pueblos antiguos llegue a la comunidad.

Y ese es un rol importante que tiene el periodismo hoy.

Exacto. Los periodistas no estamos solamente para encargarnos de las noticias. Y las escuelas de periodismo no deberían estar solamente para preparar personas que transmiten acontecimientos cotidianos, también esto, también las memorias. Yo creo que somos las personas más indicadas para trabajar en memorias contemporáneas porque somos grandes interrogadores. Hay que enseñar a los periodistas a aprender a manejar el arte de la entrevista, que creo que no se hace a cabalidad en las escuelas (…).

¿Considera que los chilenos y chilenas han perdido el lenguaje?

No diría que lo han perdido, pero sí que se ha ido reduciendo el vocabulario, porque hay pocas lecturas y eso es un hecho. Uno no encuentra jóvenes con vocabulario amplio y cuando dicen una palabra que es un poco más sofisticada, son objeto de burlas. Entonces, no sé si hay un amor por la buena expresión. Los que escriben sí, porque tienen que buscar la palabra exacta, pero en el habla cotidiana hay muchos anglicismos, neologismos y mucho verbo que se va inventando. Y esta frase es mía: no hay nada más callejero que el idioma. Nada. El idioma es lo más callejero que hay, vive en la calle; ahí se alimenta y cambia. No podemos poner un coto a la espontaneidad del habla, pero si podemos aspirar a que la gente se exprese con menos garabatos y con más palabras inteligibles, que no caigan en lo que hoy se ve tanto en las redes, donde se va directamente al insulto, lo que revela incapacidad de expresarse. de comunicarse. 

Respecto al periodismo, ¿siente que hay algún proyecto que tenga pendiente?

Lo que hago hoy es periodismo. Hice de todo en mi vida profesional: prensa escrita, televisión, radio, periodismo corporativo y estuve en la academia. Tengo una cuenta en twitter que se llama “Prensa cliché”, donde advierto sobre los lugares comunes, por ejemplo, que es una forma de aportar a una mejor prensa. Me gustaría quizás volver a participar en las escuelas de periodismo con charlas sobre memorias o lo que fuese. Pero en realidad ahora tengo mi vida bastante ocupada con lo que hago (…). Mi deber es continuar en esto.

No quiero terminar la entrevista sin que antes hablemos de Croacia. Pascual Baburizza vino de allá y sus antepasados también. ¿Cuál cree que ha sido el aporte de la cultura croata en nuestro país?

El croata ha sido un inmigrante tremendamente adaptable, a diferencia de otros grupos raciales que han sido mucho más críticos, más cerrados y que incluso se casaban entre ellos. El croata no. Mi papá se llama Andrija. Cuando llegó a Chile se cambió el nombre a Andrés, como lo hizo Pasko Barurica, que quiso llamarse Pascual Barurizza en Chile, y eso nos da una idea. Los croatas son gente austera, sencilla, poco arrogante. No es fácil encontrar croatas arrogantes. En Chile hay mucha arrogancia, sobre todo en la política, y yo creo que el mayor aporte es que estos hombres y mujeres que llegaron  con mucha carencia y necesidades, y que fueron tremendamente laboriosos, entregaron al país casi inmediatamente, una tremenda generación de profesionales. Hoy los vemos en la ciencia, en la academia, en los negocios. Ese es el gran aporte de los inmigrantes croatas a Chile.

 

¿Cuál cree que es nuestro desafío como país con nuestra identidad?

Reconocer que la diversidad es un tremendo aporte, y al reconocerlo hay que darles más importancia a las regiones, porque somos las regiones el corazón de la identidad chilena. No quiero hablar mal de los capitalinos, pero la capital es un conglomerado de provincianos, pero es en las regiones donde se conserva la identidad y nuestra rica diversidad. Si el Estado de Chile no les da a sus regiones la posibilidad de levantarse e igualarse en oportunidades con Santiago, no lo estamos haciendo bien. Un objetivo primordial para fortalecer la identidad nacional es dar mucho más valor a las regiones en el contexto nacional.

Por: Tamara Candia Ahumada
Periodista Museo Baburizza