Valores
Entrada adulto general | $2.000
Estudiantes (con acreditación) | $1000
Adulto mayor (+ 65 años) | $500
Menores de 12 años | GRATIS
Extranjero | $ 4.000 (Incluye servicio de audio-guía en Inglés, Francés o Portugués)

Cuando tenía 16 años, José Luis Rissetti (46) se dio cuenta que la fotografía era el camino que quería seguir. Preservar el oficio que heredó de su familia se transformó en el motor de su trayectoria. Exposiciones como “La Sal” dejan en evidencia la importancia que tiene dar a conocer un oficio que está en vías de extinción.

 

En una familia tan numerosa en la cual se desarrollaron en distintas áreas, ¿cómo te diste cuenta que te gustaba la fotografía?

Vengo de una familia de fotógrafos y en mi casa se tomaban fotos constantemente. Mis hermanas mayores lo hacían y era natural ver que la gente andaba con una cámara fotográfica. Mi papá era fotógrafo de profesión, en un momento cuando ellos se formaban pasando por laboratorios. Gracias a eso, mi papá se hace fotógrafo, continúa en ese camino y les enseña a mis hermanas quienes tomaron este oficio. Antes no existían escuelas de fotografías, yo estudié, pero antiguamente nadie te lo enseñaba. El caso es que era tan natural ver a la gente con cámaras en mi casa, por todos lados, que se transformó en algo normal. A veces jugaba con ellas, pero no tenía gran interés. Un día me colé por la ventana de la pieza de mi hermana y me puse a mirar como ella revelaba y eso me volvió loco. Ver aparecer en ese papel bañado en agua una imagen, dije: esto es magia, único y es lo que quiero hacer. Desde ese momento comencé con la fotografía.

Ahí decidí que quería estudiar esa carrera, que tenía mucha afinidad con ella y que para mí no era tan extraño una cámara fotográfica, era normal tenerla encima, verla y manejarla. Se me hizo más fácil el proceso de aprendizaje, por eso enganché con ella. Por mi hermana Mafalda entré a la foto. Sino hubiese sido por eso, quizás habría estudiado cualquier otra cosa.

¿Tus dos papás se dedicaron al mundo de las artes?

Mi papá era fotógrafo y mi mamá con 11 hijos no tenía mucho que hacer con el tema, pero fue una mujer muy creativa. Una mujer muy sensible con el tema de la cocina. Mi madre falleció hace poco más de un año, y le fascinaba cocinar. Antes de que muriera, mis hermanas le pidieron que escribiera sus recetas, nosotros las recopilamos e hicimos un libro que repartimos entre los hermanos. Ella tenía sensibilidad en millones de aspectos. A pesar de que sus estudios no fueron avanzados, nos enseñó mucho.

Eso se percibe a la hora de ver tus exposiciones…

Sí, para mí es muy importante el tema del traspaso del oficio, por lo que aprendí con mi padre y hermana. Eso lo transmití al hacer la exposición “La Sal” en Cáhuil y en algunas anteriores como “Máscaras y Memoria” y “Rissetti al cuadrado”.

Cuando nos enteramos que mi papá tenía alzheimer, justo en mi cumpleaños anterior un amigo me regaló un sobre con negativos de mi padre que encontró en una feria de anticuarios. Quedé impactado, porque estaban en una feria y botados. Ahí, no pusimos a trabajar junto con mi hermana Celeste. Los empecé a rayar a modo de pensar que el alzheimer era un borrón y cuenta nueva. Al marcar los negativos estás eliminando un original, que es lo mismo que le pasa a una persona con esa enfermedad porque se borran sus recuerdos.

En la sal también tenía este sentido del oficio, heredar algo y por eso me enganchó tanto el proyecto. Era entender que se estaba desapareciendo como cualquier otro oficio que se entrega de boca en boca. En el caso de la fotografía el oficio no desaparece, sino que prolifera y muta de muchas maneras. Me hizo mucho sentido ese trabajo por lo que conllevó, y lo triste que era que se estaba desapareciendo. Ahora está mucho más valorada la sal que el año 2014. La gente come mucho más. Creo que hay una apreciación mayor sobre la sal, oficio y todo esto.

¿Cómo fue para ti conocer a las personas que se dedicaban a este oficio?

Fue delicado porque era gente de campo y desconfiaban mucho del citadino. Ellos tienen una relación con la tierra que es muy estrecha; es ella quien los abastece de los alimentos y comida para sus animales. La cercanía que tienen con el campo es muy cercana, y no entienden cuál es la relación que pueda tener una persona de la ciudad con su realidad. Fue raro que quisiera acercarme a sus historias personales, porque la mayoría de la gente va, toma las fotos en las salinas, de su trabajo en el cuartel, toman la postal, compran sal y se van. Esa era la relación que tenían con el foráneo.

Pero cuando llega un personaje que se quiere quedar más tiempo y empieza a hacer preguntar, a mirar todos sus procesos, está en sus conversaciones, llega el punto en que se sienten incómodos y no les agrada. En un minuto uno de ellos me echó y me fui muy apenado, porque mi ejercicio era muy noble y sincero. Mi afán era ayudarlos para que esto no muriera. Yo quería mostrar cuál es la realidad de esta gente y señalar en qué condiciones vivían.

Para volver tuve que hacer un ejercicio junto a mi editor, quien me dijo que copiara unas fotos y se las llevara a cada uno de regalo. Cuando volví, les llevé a todos las fotos que les había tomado, para que entendieran que estaba ahí para hacer mi trabajo sobre su oficio. Ellos comprendieron bien y me aceptaron. Pude continuar con el proceso fotográfico y fue muy emotivo. Lo pasé muy bien haciendo esta muestra, porque este proceso se juntó con el tema del alzhéimer de mi papá, y estaba muy cansado y conmovido por la historia real de los salineros.

¿Qué te marcó más?

Ellos trabajan 6 meses del año para generar sal. Son medieros. La tierra donde sacan la sal no es de ellos, sino que de un tipo X, y el producto que extraen es mitad para los dueños y ellos. El dueño les compra la sal a un valor insignificante, porque los salineros no tienen a quien venderle su producto, no tienen contactos. Ningún padre que trabaja en este oficio quiere que su hijo continúe en el, porque es muy sacrificado. El ambiente era muy complejo.

Mi trabajo tenía que ver con el deterioro, con el abandono y con el oficio. Los salineros no tienen herederos, y quería mostrar un poco eso. Tanto que no tenía gente que no iba a continuar haciendo este trabajo y se iba a perder. Tenía un valor muy importante.

Viendo tus trabajos me puedo dar cuenta que te dedicas a varios estilos de la fotografía. ¿Para ti tiene límites?

Yo creo que hay muchos estilos fotográficos. Hoy, la fotografía ha pasado a incorporarse a un área más de arte. Creo que la fotografía no tiene límites, se pueden hacer todo tipo de fotos con todo tipo de soportes. He visto trabajos que son realizados por teléfonos celulares, cámaras análogas, con diapositivas, en digital, y creo que no tiene límites. Más bien, lo importante es hacer de la fotografía algo no solamente instantáneo, sino contar una historia, generar un relato. Pensaba que no sé si vale la pena hacer bonitos paisajes, porque todo el mundo toma bonitos paisajes con el teléfono. La fotografía es tan importante, tiene una plasticidad que difícilmente tienen las otras disciplinas. Hoy tanto los pintores como los que se dedican a las esculturas, artistas visuales, trabajan con el soporte fotográfico, ya que es más directo poder comunicar. Es más fácil ver una fotografía que un cuadro abstracto. Yo siento que la fotografía no tiene límites.

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