Verónica Besnier junto al fotógrafo sueco Anders Petersen

Desde el 2002 que inauguró su primera exposición, la gestora cultural Verónica Besnier ha cultivado un camino de éxitos. La mayoría de sus proyectos se han desarrollado en Europa, pero en cada oportunidad que tiene, da a conocer el trabajo de los fotógrafos nacionales. Hoy, a tres meses de desatada la pandemia, teme por la crisis económica que azotará al país. “Lo que más me duele en este momento es el hambre”, señaló Besnier.

En su rol como gestora cultural, ¿cuál ha sido el aporte de las artes y culturas en esta pandemia?

Desde el 2019 encontré que la cultura había estado tremendamente afectada. Miles de proyectos se anularon, y otros fueron postergados para una fecha que aún se desconoce. Es marzo de este año, con la pandemia, ocurrió algo similar. Es así como pasamos de la libertad al confinamiento. Se cerraron los museos, las instituciones culturales, y ahí empecé a reflexionar para saber qué iba a ser de mi vida. Tengo una pasión por lo que hago y creo que se ve. Soy media obsesiva (risas). Pensé en Europa y Estados Unidos donde tengo mis contactos, y fíjate que contrario a lo que creí, tomé mi teléfono y llamé a los fotógrafos chilenos. Así se dio como contacté a Guy Wenborne, Pablo Valenzuela, José Luis Rissetti, Gonzalo Romero, entre otros, y las cosas se fueron dando. Propuse estas exposiciones en línea, la cual no es un invento mío, sino que se da mucho sobre todo en el extranjero. Encontré que hay una excelente disposición de los artistas e instituciones. Esto me dio muchas alas, fuerzas y ánimo. Estaba un poco melancólica y así fue como empezó esta odisea de las exposiciones en línea.

Tomé conciencia de lo que estaba pasando, y cómo se sentían las personas. Me di cuenta que había gente confinada que no hacía nada y otros que están trabajando en casa. Acá hay algo súper importante, ya que en este escenario estamos conectados con el computador o celular, o con nosotros mismos. Quiero decir que el hecho de estar menos solicitados, nos hace estar más atentos a nuestro entorno. Fue así como pensé que el confinamiento podría traer algo positivo si lo aliábamos con lo virtual, que permitía descubrir horizontes nuevos, entre ellos la cultura, con sus múltiples expresiones para aquellos que no tienen el tiempo, ni posibilidad o imposibilidad por razones de movilidad de ir a ver exposiciones. Nos proporciona una mejor gestión de nuestro tiempo. Es mucho más flexible y fácil. Por otra parte, encontré que la cultura es como un todo; es algo físico, pero totalmente virtual e inmaterial, como podría ser imaginario o patrimonial.

También, pienso que la cultura virtual es totalmente indispensable para el individuo, ya que este formato está en línea con lo que el mundo vive. Permite a las instituciones culturales adaptarse y proponer nuevas maneras de compartir exposiciones, colecciones. Permite solidarizar, acompañar a los artistas y sostenerlos en su creación en periodos de incertidumbres. El público la puede ver cuando quiera, además compartir muy fácilmente. Lo virtual hace que el público se extienda, porque cuando algo te gusta lo compartes.

¿Consideras que las plataformas comunicacionales han ayudado a difundir el conocimiento del arte?

Yo creo que sí. Además, el confinamiento va a ser un motor para todo lo que es el mundo virtual. Cada vez más la gente va a descubrir algo que se da mucho en Europa, que es el teletrabajo. Acá en Chile muy poca gente lo hacía. Se va a extender y va a facilitar a todo nivel. Estos argumentos se pueden aplicar a otras áreas, pero la cultural igual. Creo que la gente hoy, sobre todo las instituciones, deben utilizan bien las redes sociales y la comunicación para que todo funcione.

¿Cómo ha sido trabajar con los artistas en este tiempo?

Yo trabajo solamente con la fotografía. Con todos los artistas con las cuales me he relacionado tengo muy buena relación. Sé que son personas muy profesionales. Quería que en confinamiento la cosa fuera ágil, que avanzara y que todos pudiéramos aportar algo; donde hay profesionalismo, voluntad, mucha disposición. Gente que realmente quiere salir de las sombras o que no ha podido exponer por miles de razones.

¿Tenías deudas pendientes con los fotógrafos chilenos?

Yo llegué a la fotografía por casualidad, y desde el principio me fue muy bien. A partir de ahí fue una historia, un éxito tras otro. Siempre accedí a grandes nombres de la fotografía internacional, sabiendo que en mente tenía dos pendientes, uno que era Sergio Larraín, -pero sabía que él no quería exponer estando vivo-, y el otro era Martín Chambi. Eran dos sudamericanos que tenía pendientes. Y fue así como se me empezaron a olvidar los fotógrafos chilenos, porque siempre estaba con París o New York. Yo te digo que es algo que critico pero que no practiqué. Organicé con Roberto Edwards FotoAmérica, y en ese momento le monté el proyecto. Trabajé con muchos chilenos, pero por alguna razón me fui, y volví a las instituciones culturales europeas. Esa deuda siempre quedó pendiente, y a los fotógrafos no les gustaba mucho eso, ya que yo siempre estaba, pero nunca con ellos. En FotoAmérica siempre tuve en mente la fotografía chilena y se creó el festival justamente para dar a conocer su trabajo.

¿Piensas que en el futuro se van a replantear los eventos culturales?

Sí, absolutamente. Yo creo que se desarrollarán en los dos formatos: en sala y virtual. Es muy distinto como ves en una sala a una pantalla. Igual lo digital es un aporte porque permite cultivarte, conocer, promover a artistas que muchas veces están en las sombras. Es una excelente herramienta. Es como una primera ayuda y después entran en sala. Nunca lo virtual se va a reemplazar con lo material. Tiene sus puntos positivos, pero hay que saber aprovecharlos, más en esos tiempos.

¿La cultura debe ser un bien público?

Sí, absolutamente. Y va de la mano con la educación, es algo que tenemos en nosotros. Hubo un gran ministro francés llamado André Malraux que decía que debíamos crear en nuestras mentes lo que se llama el «museo imaginario», quiere decir, poner en papel todo lo que hemos visto en nuestras vidas y a partir de ahí crear un museo. El “museo imaginario” es una aventura visual. Es el resultado de una experiencia cumulativa que consiste en reunir la totalidad de los conocimientos artísticos del espectador y materializarlo en una propuesta visible. Lo encontré una idea excepcional. Todo lo que ves, le sacas fotografías y te haces tu propio museo que te llevas dentro de ti. La cultura te modela, como la educación.

¿Con que fotografía recuerdas lo que estamos viviendo?

Chile es un país especial, se pone creativo cuando ocurren momentos difíciles, ya que hay más que mostrar lo que ocurre en estos periodos de crisis. El país se puso creativo en la dictadura, con el estallido, pero me da miedo que nos pase algo repetitivo y que los proyectos vayan solo a eso y no otras cosas.

Lo que más me duele en este momento es el hambre. Si lo relaciono con eso, veo las fotografías de Dorothea Lange, ella hizo mucho de la América profunda cuando había hambruna. Hoy, sumado al estallido, lo que se va a vivir en nuestro país será la consecuencia de todo lo que ha pasado. El resultado será una crisis económica tremenda. La fotografía “Los niños del Mapocho” de Sergio Larraín es una demostración. Finalmente, más que plasmar lo negativo de esta crisis, tratemos de hacer un registro de lo positivo.