Valparaíso al sol

Por Paola Guzmán Santis

Valparaíso al sol

Por Paola Guzmán Santis

Treinta años han pasado desde que llegué a este puerto. Treinta años que llevo de recorrer este puerto loco; increíble, fantástico, siempre diferente, pero permanentemente contradictorio, de arriba y de abajo, de luces y de sombras, de día y también de noche, de sueños y de realidades, de encantos y de miserias, pero donde siempre sale el sol, donde el sol todo lo baña y lo refresca, para hacer fácil la fotografía, como un arte de sombras y siluetas.

Treinta años han pasado desde que llegué a este puerto. Treinta años que llevo de recorrer este puerto loco; increíble, fantástico, siempre diferente, pero permanentemente contradictorio, de arriba y de abajo, de luces y de sombras, de día y también de noche, de sueños y de realidades, de encantos y de miserias, pero donde siempre sale el sol, donde el sol todo lo baña y lo refresca, para hacer fácil la fotografía, como un arte de sombras y siluetas.

Venía de San Antonio, otro puerto. Es cierto, pero este me cautivó, hasta quedarme en él y atesorar la luz de cada una de sus calles, de sus esquinas, de sus rincones, de sus plazas y callejones, de sus escaleras, de sus ascensores, de sus miradores y, por supuesto, de sus habitantes, ya sea el portuario, el lanchero, el marino, los estudiantes, los funcionarios y funcionarias municipales, los turistas, los ambulantes, los y las transeúntes, en fin los porteños y porteñas, que animan y dan vida a esta ciudad sobre la bahía.

Desde entonces comenzó mi pasión por retratarlo. Así sin filtro. Nada de perspectivas especiales ni ángulos efectistas. Me bastó con su belleza natural, sin maquillaje y lo hice parte de mi vida, de mi sentir diario, de mi trabajo. Un trabajo que disfruto y en el que se me van las manos por capturar el instante, ese instante, que me brinda un gato, un graffitti, un mural, un bache en el empedrado o la simple ropa al viento en casas de añosas latas oxidadas.

El que quiera de mí un puerto peinado, bien portado, pierde su tiempo. Basta con recorrer Valparaíso para darse cuenta de que es imposible pedirle cordura. No la tiene, nunca la ha tenido y por lo mismo deslumbra. Siempre sorprende, tras de una esquina aparece una figura, un cuadro, una marina. A veces hasta la ciencia ficción me ilumina. En otras, son detalles, pequeñas inscripciones, tablones carcomidos, ventanas sueltas o pinturas descascaradas, hasta las hormigas…

Todo eso hace aún más interesante y querible este puerto. Siempre lo persigue la desgracia. Alguien dijo que era infausto. Y es cierto, pasamos de una pena en otra, pero siempre -no sé cómo- saca fortaleza, resiliencia dicen ahora, y se vuelve a levantar una y mil veces. Y, entonces, vuelvo a fotografiar su esperanza, sus casas colgando, su bandera verde flameando.

Valparaíso, vuelvo y vuelvo, en un esfuerzo diario, a repasar tu geografía. No me canso ni me aburro: sueño e imagino tus calles y me siento viva.

Fotografías