El director del Festival de Fotografía de Valparaíso, habló de la importancia que tiene Valparaíso al ser el escenario perfecto para llevar a cabo el FIFV. “Esta ciudad forma parte de los órganos vitales del festival, y cuando nosotros proponemos experiencias desde las que hemos aprendido hacer aquí, y las llevamos a otros países o ciudades, buscamos trasladar un poco todo lo que es este lugar”.

¿Qué proyectos estás realizando en este momento?
Siempre llevo en paralelo el trabajo del festival con el trabajo de fotógrafo. Acabo de publicar un libro con una editorial francesa que tiene obras muy interesantes. Con ellos edité “Último sur”. Este texto recoge la historia personal de mis abuelos maternos que vivieron en Tierra del Fuego, además de viajes míos durante estos últimos veinte años. Es una visión sobre este territorio que es como fin de continente, que conlleva soledad, naturaleza, entre otras cosas. Lo acabo de presentar en Francia, y me siento con muy buenas energías ya que fue muy bien recibido. Incluso, el diario francés “Le Monde”, lo nombró como mejor libro fotográfico del año. Es una validación importante del trabajo. Ahora lo voy a presentar en Chile para que la gente lo conozca.

También estoy trabajando en nuevos proyectos que se relacionan con lo editorial, con el objetivo de ir reproduciendo lo que estoy haciendo. De hecho, tengo dos libros en camino, y uno de ellos es uno que tengo en mente hace mucho tiempo, y se relaciona con lo que está pasando en Chile. Vivo acá hace 25 años, y por mi trabajo de fotógrafo he estado en muchas capas de la sociedad chilena, y quiero expresar esa tensión que existe en el país, que ahora con el reventón del volcán me da mucha urgencia hacerlo.

¿Crees que se toma de diferente forma la cultura en Francia y en Chile?
Sí, porque la cultura tiene otro camino en el norte. Tiene otra figura, otra razón de ser a la que nosotros planteamos en Chile. En particular en Francia que es donde tengo un referente más fuerte por haber crecido allá. La cultura es considerada como la medicina, es como una disciplina de la sociedad que tiene que ver con el desarrollo de un país. Y a pesar de eso, siempre la cultura aparentemente es dificultosa llevarla adelante en todas partes, pero en Europa es más transversal. O sea, aquí un libro de arte o fotografía genera interés en la gente que está en el mundo de la imagen. En Europa un libro como ese, puede generar interés a alguien que trabaje en el mundo financiero, en educación o en otros circuitos, ellos leen esa propuesta como cuando uno va al cine. Aquí todavía está desarrollándose ese proceso. En el fondo el país es más culto, y no se lee la cultura como en Chile, que es como un tiempo libre o recreativo.

¿Con esta nueva Constitución que espacio deberían tener las artes o cultura?
Es una postura central, al igual que todas las problemáticas que el país está planteando. Todo esto de recuperar el espacio público, de generar instancias donde se pueda dialogar, de re equilibrar las posibilidades de interacciones entre diferentes sectores de la sociedad; que la educación sea más justa, que todos los temas que están planteados de salud y afp. En el fondo, la cultura es un pilar tan fuerte como los anteriores. Yo creo que todavía falta mucho camino por recorrer, y probablemente, nuestras vidas van a ser insuficientes para llegar a algo mucho más sólido. Muchas veces me preguntan porque no me quedé en Francia si allá está toda la cultura, y justamente, porque allá está todo dibujado, y aquí hay muchas cosas por proponer. En Chile aún hay posibilidades de plantear cosas, y eso hace más excitante el cotidiano.

¿Desde que llegaste a Chile, hasta ahora, hay algún cambio en los intereses culturales de los chilenos?
Muchos. Hay un progreso grande de como el público en general recibe lo que uno pueda hacer. Yo vivo aquí hace más de 15 años, y de los 10 años que lleva el FIFV lo que hemos realizado la gente lo ha ido recibiendo. Es como cuando uno educa a un niño. Al niño uno le tiene que decir 200 mil veces hasta los 16 años cosas para que entienda. Después llega un momento en que ya lo asimila y uno se desprende. En este caso, la misma insistencia que hemos tenido, recibimos feed back de quienes nos siguen. Hemos visto como gente en la Plaza Victoria ha llorado frente a una imagen, y emocionado no porque hay un familiar, sino porque la imagen le evoca una sensación que le hace eco de su existencia. Eso da cuenta que algo cambió. Y después con todos los gestores de cultura. Más que mal a pesar de todas las dificultades, el Estado ha tratado de implementar y apoyar, aunque uno pueda criticar mucho sus decisiones, pero igual son herramientas que han permitido que las cosas sigan avanzando. Los artistas, autores, fotógrafos, han podido dialogar con gente de afuera, han podido intercambiar, viajar, pensar, tener discursos más finos, desde mi punto de vista, más sutiles que han generado inquietud. Hay una cultura que se está desarrollando. En lo fotográfico, sin duda, hace 15 años habían dos exposiciones de fotos al año en Chile, y eran sandias caladas de fotógrafos reconocidos que llevaban al Bellas Artes, y no había más que eso. Hoy, la fotografía es un tema que circula. El hecho de que un Museo de las Bellas Artes le brinde espacios importantes de tiempos, tal como lo hace el Baburizza con el Cenfoto y FIFV, organizaciones que ofrecen propuestas no convencionales, da cuenta que hace 15 años el Baburizza no lo habría hecho. Por supuesto que es por las personas que hacen las cosas hoy, pero también es por cosas que han ido sucediendo.

¿Qué te parece eso, que el Museo Baburizza abra sus puertas?
Eso demuestra que hay cultura, porque la cultura es diálogo, es provocación, es tratar de dar cuenta la realidad de nuestra época. De nuestro lugar, de las problemáticas y esperanzas. Desde ese traslado que se opera por quienes reciben, lo traspasan y devuelven. Me parece que es un avance extraordinario que eso suceda en lugares centrales, de mucha circulación, relevantes, como es el museo. Que sea abran a discursos que no son lineales, y que esos puedan articular entre estructuras y visiones diferentes. El museo tiene una visión clásica, más conservadora. El Cenfoto también tiene una práctica, definición, de recoger el archivo, de algo patrimonial. El festival tiene una voluntad de ir provocando quiebres, y proponiendo hacer cosas arriesgadas. Entonces, que esas triangulaciones puedan existir depende mucho de las personas, pero también del momento. Y estamos en esa evolución.

¿Cómo ha sido ser director del FIFV?
Ha sido un aprendizaje increíble de mi trabajo como fotógrafo. Además, es todo un privilegio poder estar en contacto en procesos tan fuertes, con fotógrafos jóvenes chilenos. De relacionarse con autores que vienen de otros horizontes, de otras experiencias. Con personas que uno admira, que vienen aquí y donde tú los ves en dificultad: los observas en su dimensión cotidiano y humana, porque el proyecto impone esa práctica de venir a proponer algo. Eso ha sido en términos personales una crecida como persona, como autor. Después está toda la cosa organizacional, de relacionarse con equipos, con otros interlocutores, como ustedes. Las dimensiones políticas de trabajar con el ministerio, con la ciudad, todo eso a uno lo fortalece, porque va dialogando con gente que tiene visiones distintas.

¿Por qué se decide hacer el FIFV? ¿Se relaciona con que te hayas radicado para acá?
Primero nace por la voluntad de un grupo de fotógrafos que no eran de Valparaíso, sino que Santiago. Y yo era el único que vivía acá, no siendo de aquí, pero habiendo decido vivir mi cotidiano en este lugar. En el fondo la ciudad tiene una fuerza tal, una particularidad, y yo siempre digo cuando hablo del festival, que Valparaíso no solo es un pilar, sino que forma parte de los dos cimientos donde queremos situarnos. El primero tiene que ver con el tiempo de creación, ensayo, experimentación y de la duda. El segundo, es esta ciudad, que es como un laboratorio que está permanentemente buscándose, en movimiento. Se cae y se vuelve a parar. Valparaíso ha influenciado en nuestra manera de hacer las cosas, y nosotros hemos sido capaces de hacer lo que se nos ocurre porque Valparaíso lo permite.

Esta ciudad forma parte de los órganos vitales del festival, y cuando nosotros proponemos experiencias desde las que hemos aprendido hacer aquí, y las llevamos a otros países o ciudades, buscamos trasladar un poco todo lo que es este lugar. Nos hemos ido dando cuenta que se ha ido construyendo de esta manera, cargado de la identidad y prácticas que tiene, ya que, en el fondo, hay que estar en los recovecos, en las fisuras de esta ciudad para llevar este proyecto adelante.

Como diría Pablo Neruda es un “puerto loco”
Sí, es impredecible, y la a vez tiene una identidad particular. De aquí nacen muchas cosas que se replican en diversas partes. Es casi mágico cuando uno lee su historia: El primer club de fútbol, el primer diario, los primeros bomberos. Pero ahora, una compañía de teatro que expresa algo, y de nuevo esto sale en el mundo entero. Tiene esa cosa que es muy propio; que tiene la fragilidad, la dureza de la pobreza. Por otro lado, tiene esa fuerza y ese orgullo. Valparaíso es eso, y por esas razones decidí vivir mi cotidiano aquí. Por la historia que tengo de haber crecido en Chile, porque para mí Valparaíso no es una ciudad chilena, es una ciudad del mundo. Una ciudad latinoamericana que se relaciona con el resto. Eso la hace muy particular. Obviamente como todos los puertos, pero algo más tiene.

También es una ciudad insoportable, es un extremo. Uno se cansa de estar acá, porque es que no permite instalarse, no da descanso. Está permanente provocando, eso lo hace muy excitante y desgarradora.

¿Consideras que la exposición tiene una relación con la actualidad?
Mil porciento. En el fondo, nos revela que tenemos la oreja bien parada. Cuando se montó esta exposición que se empezó a construir para un festival sueco que invitó a Chile como invitado del año a hablar del país desde la fotografía, me encargaron la labor de reunir obras, y la idea no era hacer un compilado de buenas fotos. De partida, era más bien recolectar una cantidad de autores, que, dentro de sus discursos, de su escritura, pueda dar cuenta de lo que es Chile. Yo siempre he pensado que este país ha sido la metáfora de la olla a presión. Yo tengo memoria hace muchos años de haber estado conversando con cercanos y gente en la calle, y decían que tenía esa presión, esa dualidad de estar de la vitrina para delante de “vender la pomada” y atrás el patio la mansa escoba. La vitrina está igual que en Nueva York. Esa esquizofrenia en algún momento iba a permeabilizarse. Por tanto, la exposición que se plantea con estas historias que cada autor va contando desde su propia visión, y yo sentí que de eso había que hablar. Y el planteamiento, el punto de vista político, es decir, que esa presión nace en la dictadura. La fotografía de lo que se preocupa antes del Golpe son otras cosas: durante se preocupa de dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, y después, la fotografía te empieza a narrar del post trauma, de qué pasó. De hacer evidente la herida, hablando de los detenidos desaparecidos, hasta plantear filosofía o psicoanálisis de qué fue esa huella. Me hace mucho sentido de haber compuesto con estos 33 autores esta idea con lo que sucede. Hace unos días lo vimos en el ejercicio que se hizo del taller, y no era muy complicado hablar de los sentimientos que tenemos todos, con la realidad que da cuenta la exposición. Eso es obviamente satisfactorio.

¿Qué rol crees que tiene la fotografía actualmente?
Hoy dialogamos con la imagen, entonces, en ese sentido pasa a tener un rol súper importante. Pero, por otro lado, siento que todavía hay un analfabetismo muy fuerte. Es una de las labores que nosotros, en nuestra dimensión, debemos de dar cuenta de las posibilidades que tiene la imagen, y de que podamos realizar la fotografía con todas las capacidades que tiene. Es un trabajo de hormiga. Yo creo que la imagen pasó a ser algo muy central en nuestro cotidiano. Actualmente, de los 17 millones de chilenos, debe haber 10 millones de cámaras.

¿Crees que las próximas exposiciones estarán cargadas de chilenos no fotógrafos? ¿nuestras salas estarán llenas de arte cotidiano?
En realidad, no me preocupa mucho si es fotógrafo o no, lo que es interesante son que las personas tengan cosas que decir. Pueden ser periodistas, artistas, dueñas de casa o cesantes, pero si lo que está diciendo provoca una lectura de algo, es pertinente. Sin duda ya los fotógrafos y fotógrafas están produciendo con eso. Estamos trabajando no solo con nuestras imágenes, sino que con mucho más. El fotógrafo no es el experto técnico que sabe hacer una linda foto, como lo era el comienzo del siglo XX, que era un oficio donde había una sabiduría, como el farmacéutico o albañil. Hoy, todos podemos hacer cualquier cosa, pero hay que saber para qué sirve, cómo la voy a hacer. Ahí está el desafío.

Nuestra próxima exposición es de Marcelo Montecino, ¿qué te parece que el Premio a la Trayectoria en Fotografía Antonio Quintana, esté prontamente en el museo?
Me parece fantástico. Marcelo Montecino es un ejemplo; una enseñanza de lo que puede ser la fotografía para un personaje. Ya no es solamente el oficio, sino la razón de ser. Es una cosa que se permeabiliza con la línea de vida. Marcelo tiene eso, no ha descansado nunca. No conozco su biografía inicial, pero desde que empezó a pensar con la imagen no ha parado. Hay que generar cultura. La gente que viene al museo se relaciona con la fotografía a diario, y ver una muestra con imágenes ordenadas, articuladas, confrontadas, proponiendo formatos, escribiendo con ellas, ofrece nuevas miradas. Entonces, se genera eco con su propia realidad. A mí ya no me interesa mostrar lo linda que es una foto, lo interesante es saber qué opinamos sobre ella.

Por: Tamara Candia Ahumada
Periodista Museo Baburizza
Fotografía: FIFV