Fotografía: Ximena Nahmias


Desde que era niño la fotografía ha sido parte de su vida, a temprana edad Gonzalo Romero se relacionó con cámaras fotográficas y diapositivas que lo llevaron desde muy joven por el camino de la fotografía. A lo largo de su trayectoria, este fotógrafo chileno ha buscado capturar imágenes urbanas en las ciudades que lo han cautivado. Hoy, con la exposición “Cuba, imágenes cotidianas” que se presenta en el Museo Baburizza, nos enseña a ver a través de su lente.

¿Cuáles han sido las ciudades que más te han llamado la atención?
La Habana y París son dos lugares fascinantes. París por su grandeza arquitectónica, la sofisticación que se respira en cada esquina y su cultura. Por su parte, La Habana con su majestuosidad derruida, como detenida en el tiempo nos presenta calles anticuadas y gente amable. Sus distintas bellezas han influido para que desarrollara una cantidad importante de imágenes que me parecen interesantes.

¿A qué se debe ese gusto por París?
París es como una catedral, llena de historia y dueña de un patrimonio cultural especialmente en el desarrollo de las artes que es colosal. Cuenta con algunos de los museos más importantes del planeta, lugar que te
regala estética a la vuelta de cada esquina. Las perspectivas de sus calles, sus restaurantes , su vida de barrio crean escenas contundentes. Eso sí, es un lugar difícil de fotografiar en términos técnicos, son calles muy
estrechas con contrastes muy altos entre luz y sombra, por lo que hay que ser muy agudo al momento de obturar.

¿Siempre has fotografiado escenas cotidianas?
Siempre he buscado capturar momentos, situaciones que suceden en una milésima de segundo y no se pueden repetir. Están ahí frente a ti, lo tienes que ver, sentir y capturar en un disparo de tu cámara, porque son instantes irrepetibles.

¿Con La Habana Cuba pasó algo similar?
En La Habana me vi envuelto en un especie de torbellino de imágenes, que invadieron mi ojo en segundos. Tuve que aprender a administrarlo, ya que, quería fotografiar todo de inmediato. Es un lugar cargado de historia reciente, palpable. Hay gente a la que no le gusta Cuba por la pobreza, razones políticas, entre otros. Pero hay que vivir esa realidad, porque es como retroceder en el tiempo, un lugar lleno de vida y contrastes, que visualmente es impactante.

¿Cuál ha sido la fotografía que más te ha marcado a lo largo de tu carrera?

Yo diría que son varias pero en esta exposición hay una que valoro mucho «El panadero en bicicleta.» Representa una especie de premio a la perseverancia. Un día salí a fotografiar al amanecer en Trinidad, Cuba.
Caminando por sus calles de madrugada, cuando la ciudad empieza lentamente a despertar y movilizarse, me detengo en la esquina de la calle Colón a contemplar la perspectiva y los reflejos que se generaban en un
pequeño charco de agua. En ese momento escucho a lo lejos un silbato que se acerca, puse mi cámara esperando fotografiar lo que iba a pasar. Disparé 3 veces mientras el «El panadero en bicicleta» cruzaba frente a mí. Fue un momento irrepetible del cual me siento un testigo afortunado.

¿Qué te inspira ser fotógrafo?
Cuando eres fotógrafo, no es solo tu trabajo, es tu motor, tu pasión. La fotografía es un estilo de vida más que una profesión, porque vives observando, sensibilizándote con lo que ves, es el arte de ver mas allá y
una forma de relacionarte con todo. En las imágenes que capturas siempre hay todo de ti involucrado: tus vivencias, emociones, sensaciones, percepciones, etc.

¿Para ti la fotografía es un lenguaje?
Sí, es un lenguaje y hay que saber leerlo, pero también expresarlo. Hay que ser consecuente con el contenido de tu trabajo, a veces me llaman para comprarme obras y no tengo lo que quieren. Obvio que me
interesa que guste mi trabajo y genere ventas, pero fundamentalmente el contenido es para mí lo más importante. Algunas imágenes muestran a veces, algo que no es bonito, presentan una realidad más dura. Por eso, creo que hay que ser consecuente con lo que se quiere mostrar y si quiero retratar Cuba, no es precisamente porque lo puedo vender a todo el mundo, sino porque es en lo que me interesa trabajar. Es mi modo de ver el mundo. Hay ciertas cosas que uno puede tranzar y otras que no.

¿Cómo comenzó tu camino en la fotografía?
Mi papá no era fotógrafo, pero si le gustaba la fotografía, él tomaba fotos en diapositivas y yo de muy niño era el encargado de proyectar estas fotos en el living de mi casa cuando venían visitas. Siempre viví todo el proceso que él realizaba para exhibirlas. Me pedía que instalara la máquina proyectara de Diapos y que las fuera pasando. De alguna forma creo que fue como un bichito que me picó, después compró una cámara ZENITH y me la apropié. Al terminar el colegio, le dije a mi padre que quería estudiar fotografía y no
le gustó la idea, le cayó pésimo, tan mal, que me dijo que me iba a regalar un caballito de madera para que trabajara en la Plaza de Armas. En ese minuto y con la rebeldía propia de la adolescencia le dije que lo iba a hacer igual y él finalmente me apoyó. Fui muy auto exigente para demostrarle que yo podía y así he desarrollado este oficio por más de 30 años.

¿Y tu papá finalmente aceptó que fueras fotógrafo?
Ahora está muy orgulloso, sobre todo al ver que mi trabajo ha sido expuesto en varios países de América y Europa. El 2015 participé en SEEME EXPOSURE AWARDS, no gané, pero mis fotos fueron exhibidas
durante la premiación en el Museo Louvre. Ahora exponer en el Museo Baburizza, es para mí todo un privilegio. Esta exposición se la dedico a mis padres, que siempre me apoyaron para desarrollar mi trabajo.