Valores
Entrada adulto general | $3.000
Estudiantes (con acreditación) | $1000
Adulto mayor (+ 65 años) | $1000
Menores de 12 años | GRATIS
Extranjero | $ 4.000 (Incluye servicio de audio-guía en Inglés, Francés o Portugués)
Todas las personas con su Credencial Nacional de Discapacidad, podrán ingresar de manera gratuita, más un acompañante.

Como parte del Taller de Guión Audiovisual de la Escuela de Periodismo PUCV, los estudiantes hicieron una visita al Museo de Bellas Artes de Valparaíso, Palacio Baburizza. Allí recorrieron las salas y eligieron diferentes pinturas para escribir relatos que, posteriormente, fueron sometidos a votación.

A continuación, te presentamos los 3 relatos que fueron seleccionados y te invitamos a disfrutar la creación de estos estudiantes.

 

Primer lugar: «Ausencia”, de Emilio Salgado. Relato inspirado en “Noche de luna en Valparaíso”, de Camilo Mori (1896-1973).

Noche de Luna – Camilo Mori

–Qué triste caminar por este cerro, qué pena la luna llena. Yo quería perderme, no esta contradicción, la ausencia de luz que hay en mi alma.

–Deja de hablar weas Roberto, te patearon, olvídate… Agradece que te estoy acompañando, mírate, vay todo cocío. Mejor dime cuánto falta para llegar al carrete.

–Son como dos escaleras más, no te pongai llorón tampoco.

Al terminar los últimos escalones los amigos se dieron cuenta de que no había nada, excepto otro laberinto, como todas las calles de Valparaíso.

–Ahí es el mambo.

Roberto apuntó hacia una casa de fachada blanca que tenía un pequeño patio cubierto de calaminas oxidadas.

– Confía en mí, hermano.

La puerta estaba abierta, cualquiera podía entrar. Bajaron por una escalera que estaba al final del único pasillo. Luego de unos dos minutos el ritmo de los bajos se hacía cada vez más fuerte. Las luces de colores escapaban por el agujero que daba hacia la fiesta. Pero, al entrar, no había nadie. La música sonaba sola mientras un foco de luz se mantenía petrificado en el centro de un escenario vacío.

–¡Roberto! ¿a dónde chucha me trajiste?

En un segundo, su amigo ya no estaba a su lado, sino en el centro del todo, tendido con un gran agujero negro en el pecho. De la nada, gente empezó a salir bailando junto a su cuerpo. Apartando a todos logró llegar a él solo para escuchar su último lamento.

–Te dije que no podía con mi alma. Un corazón roto debe ser sacrificado en luna llena. Recuérdame siempre y huye de aquí.

 

 Segundo lugar: “Desagravio celestial” de Valentina Tapia. Relato inspirado en “La animita”, de Marco Bontá (1899-1974).

La llovizna estaba a punto de caer. El acto comenzaba, mis manos estaban gélidas. El olor a tierra se impregnaba en nuestras narices.

Un campesino cabizbajo y tres hombres miraban al piso o, simplemente, a la nada, pensando en que su joven hermano, Aurelio, ya no estaría para beber hasta balancearse en la cuerda de locura y tristeza, ahogando su infelicidad entre prostitutas y peleas de taberna.

Por otro lado, a mi derecha, tenía a su ex prometida, Florencia, una embarazada adolescente que había perdido a su amado. Las lágrimas corrían lentamente por sus párpados inferiores e inundaban su pequeña cara, con una pena tortuosa que ardía hasta la punta de sus paralizados dedos. Respirar era dificultoso, casi al borde del tormento. Ahora estaba sola y agriada por el dolor que trae inevitablemente, una o dos veces la muerte.

Mientras yo ponía las velas y rezaba en la animita, una sonrisa ladina y venturosa se marcaba entre mis labios. Porque cuando un humano se convierte en monstruo, nada puede revertirlo. Y así era Aurelio, cada vez que su prometida venía a mí, golpeada y buscando a Jesús en la capilla para no terminar con su vida, podía ver el infierno a través de sus ojos: una cadena perpetua que le rodeaba el corazón de ampollas y cuchillas.

Así se sintió, así lo sentí cuando la tuve entre mis brazos, cuando nació, y entonces tuve que dejarla, aunque pude quedarme para verla como una pieza de cristal: hermosa pero intocable. Pero se estaba trizando, él la estaba quebrando…

Ese día lo vi en el pueblo, a medianoche: borracho, con una sonrisa bañada de tabaco. La distancia entre una vereda y la siguiente parecía demasiado extensa como para alcanzarlo. Aún así, decidí cruzar; las luces de la calle parpadeaban. Aurelio se extravió entre las palabras errantes de su monólogo y las de sus afilados pensamientos. Dos pasos más cerca y entonces lo empujé con todas mis fuerzas hacia el carruaje que venía, haciendo que éste pasará por encima de él. El gancho de los caballos se clavó en su mandíbula, y luego la velocidad lo soltó. La sangre roja, ceniza, espesa y cálida brotaba desde su nuca y se esparcía por el gélido pavimento. El fulgor vívido y maquiavélico de sus ojos se esfumó en cosa de segundos…

Ante el ruido que provocó, la gente abrió sus ventanas para observar y los hombres de la taberna salieron.

–¡Alguien fue atropellado!

–¡Está sangrando demasiado!

Unos observaban, otros gritaban, y algunos solo pasaban…

Lo miré de lejos, con los ojos de par en par, estática. Podía sentir cómo la sangre palpitaba de forma frenética en mi corazón y retumbaba en mis oídos.

Un gran trueno resonó por toda la ciudad. El cielo, lánguido y sombrío, creyó que ése era el mejor momento para dejar caer con violencia el agua. Eso fue suficiente para despertarme del trance.

–¡Aurelio! –gritó con una aflicción ácida que le desgarró la garganta y, en parte, el corazón, a uno de sus hermanos, Franco Tercero. Intentó correr con todas sus fuerzas de cojo mientras la lluvia lo empapaba. El piso se negó a prestarle ayuda a sus pasos y, entonces, resbaló cayendo a centímetros del inerte cuerpo.

La bilis subió con fervor por su garganta mientras observaba la piel de él: blanquecina, húmeda y con esencia a la otra vida. Su intelecto estaba seco, su aliento se dispersó en el aire de forma pesada. Avistaba todo de manera pausada, podía sentir el agua caliente en sus pestañas. Las piernas eran un glaciar estático al experimentar, por primera vez, la agonía que provocaba la muerte a quienes se quedaban cada amanecer, esperando sin tregua aquí su hora. Incontrolable y despiadado se escuchaba su llanto…

El comienzo del invierno se sentía hasta los huesos. Lidiar con el frío y con el dolor al mismo tiempo era como intentar hacer florecer un rosal en medio del desierto.

Una lágrima cayó de mis ojos. Dios era creador, sabio y condescendiente, pero no siempre justo. Acaricié mi cofia, pasé una mano por mi santo hábito y di medía vuelta.

Si Dios era quien yo creía, él debería ser quien me ruegue perdón cuando mi cuerpo se desvanezca entre la tierra y mi alma llegue al juicio. Sufrir una transgresión, dejar ir a mi hija, vivir en las sombras del tormento y matar para sanar a quien más amo, no es misericordia por parte de los cielos.

Pero fue mi justicia sin remordimiento mi sanación intrínseca. Y será el polvo de un instante que la vida se ha encargado de soplar y esparcir crudamente en mí.

 

Tercer lugar: “¿Quién eres?” de Renata Calquín Véliz. Relato inspirado en “La bañista”, de Benito Rebolledo (1880-1964).

En la arena blanca se reflejaba, tal como si fuera un espejo.

Ella estaba ahí, sin ningún tiempo, envuelta en la brisa que hacía que sus pálidos pezones resaltaran.

El agua en su cuerpo la hacía brillar y sin importar su verdadera realidad, se metió en el mar.

De dónde vienes, bella dama, tan peinada y arreglada, de qué necesitas huir que estás tan absorta en el mar. Tu sonrisa no me engaña: necesitas sanar. Tal vez no es agua salada la que corre por tus mejillas, sino costras agridulces de tu alma brotando al mal.

Largas piernas tienes para andar. ¿Por qué te detienes a nadar en ese traje blanco? ¿Te ibas a casar? ¿Cuál es tu verdad?.

Entre más te observo, te vuelves más profunda que el mar. Sus olas tranquilas y su intenso color me provocan paz. Espero compartir ese sentimiento contigo.

 

El mar en la pintura

Obras de la Colección. Las obras presentadas en esta exposición virtual nos muestran la intrínseca relación del hombre y el mar. Artistas que reflejaron en sus trabajos las múltiples y complejas vinculaciones de la propia existencia humana con el océano. (...)