El primer acercamiento que tuvo Andrés Figueroa con su oficio fue cuando estaba en el colegio. Para capear una clase de matemáticas, se dirigió a conocer el nuevo laboratorio de fotografía. “Tomé el taller de fotos y a las dos semanas nadie más estaba. La profesora me dijo: O lo cierro o te paso las llaves”. Fue en ese momento que Figueroa comenzó un largo camino que continua hasta en la actualidad.

¿Cómo llegaste a hacer durante 10 años la serie bailarines del desierto?

Comenzó con curiosidad por el tema de las fiestas religiosas. El 2007 me puse a investigar sobre el tema, pero no había nada de información. No existían imágenes, los grupos de baile no usaban redes sociales y no tenía forma de conectarme con alguien. Al ver ese escenario que era muy precario, más curiosidad me generó. El 2001 estuve en el norte profundo haciendo un proyecto de retratos del Desierto de Atacama con una editorial francesa. Ya venía con ese historial de amor por el desierto. Hice algunos contactos y comuniqué con un profesor de música que se llama Mauricio, que era docente del Liceo Artístico Experimental de Santiago. Él llevaba a sus mejores alumnos a la Fiesta de la Tirana. Allá arrendaba un lugar para ellos, yo me colé en ese espacio y fui también.

Fuiste un alumno más…

Sí, claro, sólo tenía un poco más de canas (jaja). Estuve ahí y aluciné, porque en verdad para mí fue encontrarme con algo mucho más atrayente de lo que podía haber imaginado. La única imagen que tenía en términos visuales eran las diabladas, que aparecen en las noticias cuando es La Tirana. Ese era todo mi imaginario en torno a esas fiestas. Si bien había escuchado que era algo más que eso, cuando llegué se me confirmó la idea y me encontré con una tremenda diversidad de bailes con distintos orígenes, que van desde culturas en Las Amazonas, pasando por todo lo andino originario, como del norte, y mezclado con cultura popular, era como un tesoro muy diverso y alucinante. Y ahí dije que tenía que hacer un proyecto.

¿Qué ha significado para ti hacer este testimonio?

Para mí fue toda una experiencia. Seguí averiguando y recorrí desde Arica a Calama e investigué cuáles eran las principales fiestas que se hacían en estos territorios. Después de ahí me hablaron de otras y que poseían diversos atractivos. Para mí se fue agrandando el propósito, y al final, fue una vivencia. Hice amigos, conocí muchos lugares, personas, me emocioné mucho. Fue una experiencia super importante, una experiencia de vida bien potente.

¿Durante estos 10 años cambiaron mucho los protagonistas que van a las fiestas?

Veía personas que les tomé retratos el 2008 y después estaban mucho más grandes. Algunos se salían del baile e igual iban. Una vez le pasé una foto a un niño que ya no bailaba, y cuando la vio se puso a llorar, fue todo muy intenso. Es muy loca la devoción y el amor que hay en torno a las fiestas, porque tienen un carácter bastante más religioso que un carnaval. Son super sentidas. Para la gente que participa, que hace su manda, es algo bien espiritual. Cuando vas tienes que tener un corazón de piedra para no emocionarte.

¿Tu forma de ser fotógrafo cambió después de esta experiencia?

Yo creo que aprendí cosas. Dedicarme tanto tiempo a un tema en específico me hizo crecer como fotógrafo. Entendí la importancia del territorio, mejoró mi capacidad de observación, entre otros aspectos. El proyecto fue bien completo, porque se basó principalmente en los retratos, y para hacer los retratos tuve que producir todo un sistema con luces. Siempre me tenía que acompañar alguien porque andaba con equipos. El hecho de hacer retratos con luces en el interior al principio era todo un desafío. Yo venía de una escuela y sabía iluminar, pero en el desierto con esa luz increíblemente dura, era mucho más complejo. Me fui puliendo técnicamente en el proyecto y también en mi reflexión de cómo afrontar el tema.

Si bien una de mis motivaciones fue que era todo muy desconocido, también lo eran los paisajes. Hay un cliché lo que es el desierto, y no todo el mundo tiene la posibilidad de viajar. Me interesaba mostrar el territorio.

¿Qué te parece que chilenos y chilenas no conozcan sus tradiciones?

En el fondo la reflexión fue la siguiente: Las personas no pueden valorar sus culturas y territorios si no los conocen. Es súper loco, porque creo que desde la institucionalidad en general, la historia ha negado todo lo que tenga un carácter indígena o popular. Siempre ha sido ignorado por las elites. Entonces, hemos sido educados para no apreciar nuestras cosas, y, de hecho, no la han mostrado debidamente. Mi idea es poder aportar en ese sentido, que nos conozcamos y que podamos valorar nuestras culturas. Somos multiculturales. Eso sin duda fue una de las motivaciones.

Durante este último tiempo ha cambiado un poco ese paradigma…

Sí, muchísimo. Ha llegado el norte al centro, también todo lo mapuche se está revalorando, y es muy bueno. Es un proceso que no tiene más de 10 años, es algo súper nuevo y que todavía está pasando. Ojalá llegue algún punto que nos identifiquemos con todas nuestras culturas, o por lo menos nos conozcamos. Es importante valorar la diversidad y respetar lo que tenemos. Chile tiene muchos tesoros, y la única manera que las personas lo valoren y protejan, es que los conozcan.

Al escucharte considero que tu trabajo es un puente de comunicación para llegar a las personas.

Sin duda es un puente. La fotografía como medio es bastante amable, directo y efectivo.

Es algo que les pregunto a la mayoría de los fotógrafos, ¿para ti la fotografía es un lenguaje?

De todas maneras. Es un lenguaje y también un medio de expresión. Yo creo que la fotografía es más compleja de lo que parece. Para crear un concepto fotográficamente coherente y que tenga peso, se requiere igual ser capaz de reflexionar. Hay que saber tener síntesis, y ese algo que sea profundo.

¿Cómo fueron tus inicios como fotógrafo?

Yo empecé cuando estaba en el colegio. Mi primer acercamiento fue para capear una clase de matemáticas, porque estaban promocionando el nuevo laboratorio de fotografía y te podías salir para ir a verlo. Yo fui al tiro. Tomé el taller de fotos y a las dos semanas nadie más estaba. La profesora me dijo: o lo cierro o te paso las llaves. Yo me quedé alucinado. Me gustó tanto que cuando salí del colegio entré de inmediato a estudiar fotografía.

¿Nunca dudaste entre otra carrera?

No, nunca. Incluso mi mamá me preguntaba de qué iba a vivir, le respondía no sé, pero que yo sabía que no podía hacer otra cosa. Por suerte me apoyaron, pero después me confesaron que creían que se me iba a quitar e iba a ser otra cosa. Afortunadamente eso nunca ocurrió.

 

Por: Tamara Candia Ahumada

Periodista Museo Baburizza