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Entrevista a Luis Poirot: “Toda mi vida he ido contra la corriente”

Entrevista a Luis Poirot: “Toda mi vida he ido contra la corriente”

Entrevista a Luis Poirot: “Toda mi vida he ido contra la corriente”

Desde hace 55 años, Luis Poirot se dedica a la fotografía. Después de dos infartos y un cáncer al lagrimal, se dio cuenta que la vida era corta y finita. “Si sobrevivo a esto, voy a aprovechar el tiempo que me queda a hacer cosas que me interesan”, señaló. Actualmente, sus dos hijas pequeñas lo han obligado a ser un hombre activo y vigente a sus casi 80 años.

¿Cómo comenzó su interés por la fotografía?

Yo estudié Teatro en la Universidad de Chile. Había actuado y no me gustaba. Había dirigido teatro, pero tampoco me agradaba. Entonces tuve una beca del gobierno francés para ir a París a estudiar cine y televisión. Estando allá, vi que necesitaba algún instrumento para el lenguaje visual. Una filmadora era muy cara, así que me di cuenta que iba a ser más barato si compraba algo de fotografía. Con la ayuda de mi padre que vivía en París, compré una cámara fotográfica muy buena de segunda mano. Empecé a aprender leyendo el manual de instrucciones, ya que no tuve clases. En esa época no había donde estudiar, no había profesores, no había nada. Aprendí solo, echando a perder, equivocándome, y preguntándole a algún fotógrafo que conocía por ahí.

Cuando volví a Chile a mis 23 años no quería actuar. No me daban trabajo de director porque encontraban que era muy joven. Era un país de viejos. Para que te tomaran en cuenta tenías que tener más de 30 años, o sea, antes no existías.

¿Cómo logró enfrentar eso?

Empecé a ir a los ensayos del grupo de teatro con el que yo había trabajado que era Ictus. Sacaba fotos de las obras, y esas fotos las empezó a ver Jorge Díaz, que era el que hacía el programa y afiches. Me preguntó por qué no sacaba fotos de las próximas obras, pero le dije que no sabía nada. No tenía para mandar a revelar las fotos, ni mucho menos un laboratorio. Pero me dijo que tenía el punto de vista de la persona del teatro, cosa que el fotógrafo común y corriente no poseía. Tímidamente comencé a hacer fotos de las obras, a hacer retratos de los actores para el programa y las propagandas. Eso me dio seguridad, me pagaron poco, pero pude ir completando mi equipo. Fui tomando ciertas dinámicas.

Dos o tres años después me llamaron de la editorial Zigzag, que era enorme. Publicaban muchos libros y semanarios. Hacía retratos de escritores chilenos. El primero que me encargaron fue de Manuel Rojas. Él me dejó intimidado, porque era un hombre grande, serio y callado. No me atrevía a decirle nada. Ahí empecé a tomar trabajos muy distintos y nunca decía que no. Eso aprendí harto. Una vez me preguntaron si sabía hacer fotos de moda y dije que sí, pero no tenía idea. Fui tomando ese ritmo de ir haciendo cosas. Y al mismo tiempo, iba encontrando cual era el tipo de fotografías que me gustaba hacer.

Hice clases en periodismo y en la Escuela de Artes y Comunicación de la Universidad Católica. Lo que más me interesaba enseñar no eran las técnicas, sino la fotografía como un lenguaje para que pudieran escoger sus capacidades. Eso hasta el septiembre del 73, donde junto a otros casi cien profesores de la universidad, sin ninguna compensación ni nada, nos pusieron en la calle. Tiempo después del Golpe me fui a Francia.

¿Cambió su manera de hacer fotografías después del Golpe? ¿cambió su visión como fotógrafo?

En ese minuto no me di cuenta, pero después sí. En ese momento estaba muy encerrado en mi dolor, en mi pena, pensando en los amigos muertos. No reaccionaba. A los dos años me fui a Barcelona, donde de nuevo tuve que empezar de cero, pero tuve suerte, porque a los cuatro o cinco días tenía trabajo, ya que tenía experiencia que no tenían los muchachos jóvenes españoles. Yo llegaba y era un hombre de 32 años, tenía oficio. Empecé a trabajar, al principio en cosas que no me gustaban, pero era fotografía y podía vivir con mi familia.

En ese año había muerto Franco, y aparecieron muchos semanarios. Era un país que se reconquistaba, era otra atmosfera. Yo me había ido de un país que perdía la libertad, y llegaba a otro que la obtenía. Había una alegría, una ocasión. Me integré a la sociedad catalana y empecé a vivir la realidad política de ellos, y a dejar un poco de lado lo que había pasado en Chile. Ahí trabajé en prensa como fotógrafo de semanario, hice muchas cosas. Al poquito tiempo realicé clases en distintos lugares, porque no había profesores. Eso había estado muy controlado. Éramos puros fotógrafos latinoamericanos que veníamos exiliados. Todos profesores que veníamos con un mundo que no tenían los fotógrafos en España.

¿Considera que fueron un apoyo a la formación para ellos?

Nosotros hicimos un aporte a esas generaciones. Ahí en España me quedé 10 años, y formé parte del diario el País de Barcelona, que era lo máximo que podía aspirar un fotógrafo. Era el lugar ideal. Además, tenía una posición muy privilegiada porque me daban a escoger lo que quería hacer. Hacia muchos retratos de escritores, de intelectuales, proyectos a largo plazo. No era tanto el día a día, eso me dio mucha libertad. En el año 80, pensaba que iba a ser un fotógrafo del National Geographic fotografiando en color, en países exóticos.

Por otro lado, en España aproveché de sacarles fotografías a mis amigos que pasaban por Barcelona o vivían ahí. Los exiliados del mundo de la cultura que yo creía que habían hecho un trabajo importante, que no se podía olvidar. Ahí realicé una especie de álbum de familia. Ponía una luz y hacíamos un retrato, y así fui acumulando recuerdos.

El año 82 pensé en una exposición que recordara a Neruda con fotos que tenía de él, que ya había recuperado. Ese mismo año regresé al país y tenía doble nacionalidad. Como español vine a Chile y Matilde Urrutia, la viuda, me permitió entrar a la casa de Isla Negra que estaba cerrada. Fotografié esa casa, volví a Barcelona, hice exposición y fui teniendo una idea. Estuve viniendo tres años, y el último, ya Matilde enferma, me preguntó que hacía en España si ellos no me necesitaban. Que tenía que volver a nuestro país. Fui pensando en retornar, ya que estaba cada vez más involucrado que mi trabajo era la memoria de Chile.

¿Fue en ese momento que se dio cuenta lo que realmente quería hacer?

Yo ya tenía muy claro que mí espacio dentro de la fotografía era trabajar sobre la memoria, porque yo había visto en España que después de 40 años de dictadura, los jóvenes no conocían a García Lorca, a Miguel Hernández, a las grandes figuras intelectuales que había en la esfera pública. Entonces me dije que eso no podía pasar en Chile. No sabíamos cuánto iba a durar la dictadura, pero esas personas eran gente que había conocido, que me importaban y las quería. Necesitaba dejar una memoria de eso. Nadie me lo encargaba, y yo no se lo mostraba a nadie.

¿Y cómo fue su regreso a Chile?

En el año 85, Chile me recibió con un terremoto en marzo. Al llegar acá, tuve que empezar de nuevo por tercera vez. Era un cuarentón que nadie conocía, ni tampoco me tenían por qué conocer. Tuve que partir buscando trabajando de la nada. También, al mismo tiempo haciendo mi sondeo de la identidad cultural, y es lo que he estado haciendo siempre, cada vez más. Prácticamente desde hace unos años no hago trabajo por encargo, los proyectos los gestiono yo. Proyectos de cosas que me interesan porque sé que el tiempo es finito. Yo ya tuve infartos, bypass, cáncer al lagrimal. Dos sucesos que me hicieron ver que la vida era corta, era finita, y que las cosas que piensas hacer tienes que hacerla ya, porque tú no sabes cuándo se acaba el tiempo. Entonces dije si yo sobrevivo a esto, voy a aprobar el tiempo que me queda.

¿Lo ha podido lograr?

Empecé a hacer más selectivo en lo que hacía, y a trabajar haciendo clases que interesa mucho, ya que puedo transmitir e intercambiar conocimiento con las nuevas generaciones.  No es que me crea ser un sabio que quiera traspasar sabiduría, sino que es un diálogo que se establece con el estudiante, y a través de este, encontrar un camino. Es mucho más simple y complejo al mismo tiempo. No hacer clases cerradas en un instituto, universidad, con un programa de estudio cerrado, eso no me interesa.

En la misma época me separé, había estado casado 35 años. Tenía un hijo grande. Y cambió mi vida en todo sentido. Me uní con Fernanda y llevamos muchos años juntos. Tenemos dos hijas pequeñas que también es un desafío, una tiene 12 y la otra ocho. Soy un hombre que voy a cumplir 80 pero me da lo mismo. Esas hijas me imponen una obligación, y me obligan a tener vitalidad ante la vida. Yo no soy jubilado, no sé lo que es eso. Yo no tengo nada, no tengo previsión. Y tampoco me jubilaría mientras tenga facultades mentales y físicas. Quiero seguir siendo fotógrafo.

Uno de sus primeros retratos se lo hizo al poeta porteño Manuel Rojas, ¿qué siente al estar por primera vez en Valparaíso después de tantos años de trayectoria?

Al principio me decían que tenían que ser fotos de Valparaíso, y yo preguntaba por qué, no quería hacer una exposición de tarjetas postales. Además, es muy fuerte el impacto del trabajo de Sergio Larraín con Valparaíso, o sea, cómo superarlo. Cómo haces algo que salga de eso, que sea un hito. Entonces no. Yo voy a hacer lo que estoy haciendo, esta exposición que ya estaba caminando. Que se había mostrado en Santiago, en La Serena, en Los Vilos. Y que se llama “Contracorriente”, porque yo soy contracorriente. Cuando surgió esta idea a través del premio que me dieron a la trayectoria el ministro me dijo que hiciera una retrospectiva, y dije que no. Yo soy fotógrafo activo, vivo, y estoy trabajando. Dame seis meses y haré fotos. La exposición va a hacer lo que me pase en mi vida durante este tiempo, lo que encuentro, lo que veo, lo que viajo. Van a hacer contracorriente porque toda mi vida he sido una contracorriente.

Desde que nació…
Sí, toda mi vida he ido contra la corriente, esa ha sido mi marca.

 

Por: Tamara Candia Ahumada
Periodista – Museo Baburizza

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