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Crónicas

Crónica n°12: La Generación Porteña en la colección del Museo de Bellas Artes de Valparaíso.

Crónica n°12: La Generación Porteña en la colección del Museo de Bellas Artes de Valparaíso.

A fines de los años ’20, un hecho que ha pasado desapercibido en la historia del arte en Chile sienta las bases de lo que, más tarde, sería conocido como la Generación Porteña de la pintura. Celia Castro, considerada la primera pintora profesional en Chile, regresa de Europa y se instala en Valparaíso. En su pequeño taller, Celia Castro recibe a jóvenes artistas porteños, sin recursos económicos ni escuela, quienes en las décadas subsiguientes darían forma a un movimiento artístico de características únicas, particulares e irrepetibles. Ellos son: Jim Mendoza, René Tornero y Carlos Lundstedt quienes junto a Chela Lira, René Quevedo, Roko Matjasic y Manuel Araos formarían un grupo de artistas que años más tarde se denominarían como “La Generación Porteña”. Poseían características en común: la mayoría de ellos tuvo un origen humilde o una situación económica precaria, que les obligaba a trabajar en oficios menores para mantenerse. Otros habían  llegado a Valparaíso como inmigrantes. Ninguno estuvo estado sentado a la mesa de la fama, la academia o los círculos artísticos de la capital.

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“Los Patipelados” – Jim Mendoza

Durante tres décadas, estos artistas pintaron afanosamente Valparaíso: sus barrios, la febril actividad en la orilla, los oficios en los barrios, la bohemia, los personajes extraviados en la urbe porteña. Tal como lo señalaron en su momento el crítico Enrique Meltschers, el escritor de arte Robero Zegers de La Fuente y el historiador de la pintura chilena Antonio Romera. Pese a la intensa actividad del grupo, tras la muerte de sus integrantes el legado de la Generación Porteña se desvanece. Apenas un puñado de sus obras fueron conservadas en museos y debieron pasar décadas antes de que recién se esbozara una definición.

Gracias a un trabajo de campo de más de dos años, los investigadores Carlos Lastarria Hermosilla y Marcela Küpfer lograron reconstruir parte importante de la historia personal de estos artistas y registrar sus obras, poco conocidas para el público, pues la mayor parte de ellas se encuentra en colecciones privadas.

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“Cabeza de Hombre” – Graciela “Chela” Lira

Según explican en el libro “La Generación Porteña”. (Editorial Narrativa Punto Aparte) este grupo de pintores trabajó al margen de lo que ocurría en la capital y desarrolló una obra que cambió la forma de retratar Valparaíso en la pintura. Aparecen en sus pinturas temas vernaculares, los oficios y personajes del puerto, la vida en conventillos y quintas de recreo, las paisajes de los cerros y de la orilla. Valparaíso inunda su pintura, es el cable que los une a todos, a pesar de que tenían estilos distintos y no seguían escuelas ni tendencias.

Sus vidas, en algunos casos breves y trágicos, también se cruzan en la primera mitad del siglo XX. Todos viven en Valparaíso y comparten espacios de estudio o reunión. Casi todos tienen existencias precarias -Lundstedt pintaba carteles para mantener a su numerosa familia, Jim Mendoza era obrero en un hospital- y algunos tienen un funesto final –Roko Matjasic desaparece en medio de unos roqueríos, sin que nunca se aclarara su muerte-. El destino de sus obras, así como sus biografías, se desvanece paulatinamente con el paso del tiempo.

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“Marina de Valparaíso” – Roko Matjasic

La Generación Porteña tuvo características únicas que la constituyen en un movimiento particular, distinto a otros movimientos ya ampliamente estudiados en la historia del arte en Chile.  En el Museo Municipal de Bellas Artes de Valparaíso (uno de los escasos museos que tiene obras de estos pintores) hay pinturas de Jim Mendoza, Roko Matjasic, René Tornero, Graciela Lira y Carlos Lundsdtedt. De los otros integrantes no hay obras en ningún museo público de nuestro país.

 

Los integrantes de la generación porteña:

Roko Matjasic: es considerado “el padre” de la Generación Porteña, este inmigrante croata llegó a Sudamérica escapando de la guerra en Europa. Tras recorrer el continente, se instaló en Valparaíso, donde dictó talleres para pintores de la época. Tuvo una amplia producción, caracterizada por la potencia de la mancha y la fuerza de la luz. Solía pintar al aire libre. Sus temáticas van desde las faenas de orilla y furiosos roqueríos, hasta los oficios del cerro. Fue un hombre sociable, de porte recio y carácter afectuoso. Tuvo una extensa relación con la pintora Chela Lira, con quien tuvo dos hijas. Desapareció en extrañas circunstancias mientras pintaba en los roqueríos del Camino Costero a Concón. Diversas teorías se tejieron en torno a su prematura muerte: desde peligrosos amoríos hasta revanchas. Su cuerpo nunca apareció. Dejó una extensa y contundente obra, disponible en colecciones privadas y algunas públicas.

Carlos Lundstedt: personaje porteño por excelencia, era reconocido y admirado por sus coterráneos, incluidos escritores, críticos y artistas de la época. Se casó muy joven y tuvo una vasta prole, a la que mantenía pintando letreros publicitarios. Cuando lograba descansar de su trabajo, se dedicaba a pintar escenas del puerto, los cerros de Valparaíso y Viña y delicados retratos.

Chela Lira: la única mujer del grupo. Dueña de una personalidad valiente y avasalladora, rompió varios moldes sociales para dedicarse al arte y su propio estilo de vida. En Valparaíso, pintó paisajes urbanos, retratos y naturalezas muertas. Fue alumna y pareja de Roko Matjasic. En la medianía de su vida, emigra hacia Antofagasta donde se dedica pintar y enseñar arte a los niños. Regresa a Valparaíso sólo al momento de su muerte.

René Tornero: hombre de carácter apacible,  desarrolla una fructífera obra, orientada en el retrato de los paisajes urbanos de Valparaíso, pero también de Belloto, Villa Alemana y Limache, donde culminó su vida. Pintor metódico y detallista, elaboraba minuciosos croquis de sus paisajes, en un intento de capturar todos los detalles de la luz. Pintó la esencia de los cerros porteños y la bahía. Fue uno de los integrantes de la generación que fallece más tarde, muy longevo, por lo que logró concretar numerosas obras.

Manuel “Marinero” Araos: el más difuso de los pintores de la Generación Porteña. Influenciado por el estilo naif, Araos pinta principalmente los bares, prostíbulos y tertulias del antiguo Puerto. Es un pintor ingenuo, que vende sus obras de bar en bar, por lo que existe escaso registro de su trabajo. Entre su legado, destacan las imágenes de emblemáticos locales de la vieja bohemia porteña, como el famoso “Prostíbulo del Violeto” o una tertulia en el barrio Puerto, donde aparecen los poetas Pablo Neruda y Andrés Sabella.

René Quevedo: es el personaje más atípico de la generación. De profesión aduanero. Escapa de la figuración de sus compañeros para explorar registros más geométricos y posteriormente abstractos, aunque siempre inspirados en la vida porteña. Incursiona también en el grabado y la ilustración.

Jim Mendoza: hijo de mapuche e irlandesa, llega desde una pequeña caleta de Lebu y Valparaíso, en algún momento de los años ’20. Trabaja como obrero en el desaparecido Hospital Deformes (actual Congreso), donde los médicos alientan su sobresaliente talento como artista. Pinta incasable y obcecadamente los paisajes del barrio Almendral: casas y techos, el circo, la feria, los personajes.

Sin estudios formales, explora intuitivamente diversos registros, que impresionan a quienes conocen su obra. Una grave enfermedad mental condiciona su carrera: sufre delirios de persecución y se niega a abandonar su hogar. La muerte de su esposa, su único cable a tierra, desencadena su trágica y dolorosa muerte. Nunca vendió un cuadro en vida, aunque sus obras recibieron premios en salones nacionales y fueron expuestas en el extranjero. Sólo cuatro de sus cuadros se conservan en el patrimonio público nacional.

 

Carlos Lastarria Hermosilla.
Curador del museo.

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