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Artículo nº5: “EL HOMBRE, EL ARTISTA Y SU MENSAJE”

Artículo nº5: “EL HOMBRE, EL ARTISTA Y SU MENSAJE”

El lenguaje es el sustento de la comunicación y cada forma de lenguaje (verbal, matemático, físico, químico, etc.) posee su propia estructura de conceptualización.  

Una obra de arte creada deliberadamente es formalmente un aparato de significar, la obra de arte es un “decir”, un puente de comunicación entre artista y espectador. Para hacer efectivo el diálogo hay que hacer una constante decodificación de los elementos en la obra, para saber qué es lo nos quiere contar el artista.

Todo intento por comprender que es lo que nos quiere “decir” el artista por medio de su obra, exige un ejercicio de abstracción. “Ahora bien, no hay comprensión sin simbolización y no hay simbolización sin abstracción. Es necesario abstraer de la realidad cualquier cosa sobre la realidad que haya que expresar y transmitir (…) Lo que comprendemos, lo concebimos; y la concepción implica siempre formulación, presentación, y por lo tanto abstracción…”[i]

“La animita”. Marco Bonta.

“La animita”. Marco Bonta.

Una buena forma de aproximarse a la comprensión de la obra es considerándola como un fragmento más de la propia existencia del artista. La obra fue creada por un hombre en un determinado contexto histórico, comprender la “época” nos permitirá adentrarnos en conocimientos más certeros sobre el mensaje que existe en la obra. Es una práctica muy habitual entre los historiadores analizar el desarrollo de las artes de forma independiente, cosa curiosa por lo profundamente que estas se encuentran arraigadas a la sociedad y su contexto. Es como si solo el estilo pictórico particular defina tajantemente la obra de un artista.     

Valoremos que si existe una tradición pictórica que condiciona al artista, pero consideremos lo esencial también, antes de ser un creador plástico, se es hombre. Por tanto debemos tratar de descubrir ¿Qué entendía ese hombre por ser artista en esa determinada época?; ¿Cómo tomaba el oficio de ser pintor o escultor?; ¿disfrutaba de él?; ¿o solo era una actividad que realizaba por que le permitía vivir? Pensamos que estos elementos –por citar algunos ejemplos- son mucho más determinantes que pertenecer o no a un estilo o escuela pictórica. Recordemos que antes de ser artista, se es hombre, y ser pintor o escultor es una manera de existencia frente al mundo.

“En el taller”. Evaristo Salas

“En el taller”. Evaristo Salas

Evidentemente una obra de arte responde a factores estéticos y de estilo, no podemos negarlo, pero también estas evoluciones plásticas responden a elementos sociales y económicos,  modelos culturales y de pensamiento. Según esto podemos sostener que el arte y sus características son parte de la evolución propia de existencia humana, es el resultado entre la “vida interna” (artista) y la “vida externa” (contexto).

Una obra de arte nos entrega un mensaje, nos narra una historia, nos presenta la configuración existencial de un hombre en una época histórica determinada. Su obra es la “instantaneidad” de un momento preciso, pero con él el artista puede sacar adelante su existencia, es una catapulta hacia su futuro. Independiente del mensaje que contenga la obra, el artista no escapa del “tiempo”, en cierta medida representa al tiempo mismo en su esencia.

"Charla familiar" 1912. Eugéne Benjamin Selmy.

“Charla familiar” 1912. Eugéne Benjamin Selmy.

Por tanto, para comprender de mejor forma una obra de arte, no nos acotemos a análisis estéticos o plásticos, tratemos de ahondar en información bibliográfica sobre el artista, para así dar sustento a la compresión del mensaje que este nos quiere entregar. Conociendo al hombre detrás del lienzo, entenderemos su mensaje, su contexto histórico, su estilo pictórico. Si logramos esto y además somos ambiciosos, podremos superar la Historia del Arte para acceder a la compleja Historia de las Mentalidades.  

Texto por: Área de Mediación y Contenidos.

[1]Langer, K. Susan, “Los problemas del Arte” – Díez conferencias filosóficas”. Ediciones Infinito, Buenos Aires, Argentina – 1966. Pág. 96

 

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