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Artículo nº8: El paisaje para la construcción de la identidad – Parte II

Artículo nº8: El paisaje para la construcción de la identidad – Parte II

En el artículo anterior ya veíamos algunos conceptos y elementos que le permiten al “paisaje” transformarse en una potente herramienta para la conformación de identidad, o para reafirmar la misma.

El paisaje, tal como lo hemos visto, no posee una definición concreta, mucho depende del área de investigación al cual se enfrente el concepto. El paisaje por tanto es una construcción mental, es una interpretación idealizada, según esto ¿el paisaje podría existir sin ser observado o interpretado por alguien? La aceptación y vinculación con el paisaje no responde a una conciencia instintiva, el reconocimiento del mismo se logra por medio de su comprensión racional, por tanto es una construcción cultural. Podemos sostener que el paisaje existe gracias a  un observador, “Esseestpercipi: ser es ser percibido”.

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Fundación de Santiago – 1898 – Pedro Lira. *Obras de la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes

Sin embargo existe una paradoja en la asimilación del paisaje, por un lado observamos que es una construcción cultural, ergo una invención del hombre. Por tanto, el paisaje es un elemento que ingresa congruentemente en la categoría de cultura, el paisaje está dentro del dominio del arte. Pero también el paisaje es un elemento que se vincula con nosotros de manera más instantánea, de una forma más directa desde nuestras primeras interacciones con él, desde que somos infantes y aún cuando no desarrollamos capacidades cognitivas complejas, ya estamos asimilándolo e intentado interpretarlo de forma estructurada a partir de nuestra sensibilidad.

“Me encuentro con el paisaje. Como hay un idioma materno que te enseña a nombrar las cosas, hay un paisaje materno, con el que aprendes a ver el mundo. Luego conoces más lenguas y más paisajes y pueden ser más bonitos, pero ninguno te parece mejor. Éste es el espejo en el que me empecé a mirar cuando era pequeño[1]”.

Ahora veamos cual es la vinculación entre el paisaje y la pintura. El escritor romanticista Edgar Allan Poe decía que el artista es el intermediario entre el hombre y Dios (la naturaleza). Como analizábamos en nuestro artículo anterior, los primeros intentos en nuestro país por representar el paisaje tenían relación con análisis descriptivo-científicos, crónicas visuales que presentaban las características naturales y geográficas de nuestro país. Superada esta etapa comienza un proceso consciente de los artistas por representar y recrear “el paisaje nacional”, buscando elementos característicos predominantes que de alguna u otra forma moldeaban nuestra identidad y reafirmaban características de nuestro territorio.

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“Valle del Aconcagua” 1881 – Thomas Jacques Somerscales *Obra de la colección del Museo Baburizza

Nuestro país, luego de la crisis de la monarquía hispánica en 1810, sufrió embates políticos, sociales, económicos, institucionales y culturales. Una herramienta para uniformar y ordenar el territorio era por medio de la identificación colectiva con el nuevo Estado de Chile, reemplazando así la imagen de la monarquía. Los chilenos debían vincularse no solo a aspectos políticos u/o económicos, sino que también a elementos que los afiliarán emocionalmente con éste, para lo cual los elementos simbólicos representados en el arte pictórico fueron claves para este proceso. No se menoscaba la importancia de la lengua, la religión o la etnicidad como elementos aglutinantes, solo que le ponemos énfasis a otro aspecto.

Uno de esos aspectos que nos alejaba de entidades administrativas coloniales fue el factor “aislamiento”, teniendo como gran muro divisor la Cordillera de los Andes; el Océano Pacífico, al norte el Desierto de Atacama; y por el sur, el río Bío-Bío (como frontera establecida con los araucanos). Estábamos cercados del resto de las naciones hispanoamericanas, otorgando automáticamente un sello distintivo en nosotros, con bondades y particularidades geográficas, zoológicas, minerales, botánicas y climáticas únicas. Un buen ejemplo de las intenciones del gobierno chileno por fortalecer la construcción de la identidad nacional fue la contratación del naturalista francés Claudio Gay, científico que fue fundamental para generar “una de las claves de la definición de paisaje es la reelaboración colectiva tanto desde la mirada del artista como del público receptor de un espacio geográfico determinado”.[2]

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“Panorámica de Valparaíso” – 1902 – Thomas Jacques Somerscales. *Obra de la colección del Museo Baburizza

El pintor alemán Johan Moritz Rugendas fue el responsable de idealizar y exaltar el paisaje chileno como una práctica habitual, y difundir este en el ambiente intelectual chileno de la década de 1840. Rugendas logra generar una sincronía entre nacionalismo y romanticismo. “En aquel jardín de Chile veréis el suelo más bello y pintoresco; probaréis las dulzuras de la vida campestre y la grata soledad de esos bosques donde el poeta sueña un porvenir fantástico de felicidad”[3]

Finalizando ya estas ideas, queremos señalar que la mayoría de los procesos de auge del nacionalismo y el paisaje como género pictórico se desarrollaron con fuerza durante el siglo XIX. Es más, algunos socialistas y críticos de arte como el esteta como John Ruskin[4], sostenían que la pintura del paisaje en el siglo XIX, era la única y verdadera pintura del paisaje. Esto es algo provocador de sostener, porque niega siglos de paisajistas en la historia del arte. Sin embargo ellos tenían sus propias razones.

“Hay, de hecho, una clara relación entre el concepto de nación y la percepción del paisaje como elemento significativo, una perfecta sincronicidad entre la aparición de la nación como aglutinante de la identidad colectiva y la percepción del paisaje. Esto explicaría la obsesión de todo nacionalismo por definir un paisaje nacional, aquel capaz de expresar como ningún otro el alma de la nación, y por la existencia de fronteras nacionales”.[5]

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“El Huaso y la lavandera” – Juan Mauricio Rugendas 1835 *Obras de la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes

Escrito por: Área de Mediación y Contenidos, Museo Baburizza.

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[1]Llamazares, Julio – “Distintas formas de ver el agua”– Editorial: ALFAGUARA – 2015
[2]Sagredo, Rafael, “Claudio Gay y la representación de Chile”, en Araya, Alejandra; Candina, Azun y Cussen, Celia (eds.), Del nuevo al viejo mundo: mentalidades y representaciones desde América, Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile, Santiago, 2005
[3] Vallejo, José Joaquín (Jotabeche), “Cosas notables”, El Semanario de Santiago, 8 de septiembre de 1842.
[4] Ref: https://es.wikipedia.org/wiki/John_Ruskin
[5] Pérez Vejo, Tomás, Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas, Ediciones Nobel,

Oviedo, 1999, p. 81.
Ref: REPRESENTANDO LA “COPIA FELIZ DEL EDÉN”. RUGENDAS: PAISAJE E IDENTIDAD NACIONAL EN CHILE, SIGLO XIX. – Departamento de Historia Universidad de Santiago de Chile – Revista de Historia Social y de las Mentalidades Volumen 15, Nº 2, 2011: 109-135 / Issn: 0717-5248

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